Nuestros sistemas de salud están en quiebra, los tratamientos médicos hospitalarios son una de las primeras causas de mortalidad, la economía está en cuidados intensivos,el miedo es endémico, el clima se ha vuelto impredecible. Todos los signos nos revelan que estamos en un vórtice caótico, en un punto crucial que precede a la catástrofe o a la emergencia a una nueva realidad.
En la cresta de la ola de la evolución, en un punto de bifurcación y de equilibrio inestable, no podremos ya nunca ser jamás lo que hemos sido. Estamos ante el desafío mayor de elegir en presente nuestro camino y, con él, nuestro destino. No se trata tanto de cuántos somos, sino de cómo vivimos,como nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.
¿Habría alguna relación entre los recientes terremotos del Japón, Chile, la catástrofe nuclear de Fukushima? ¿Están relacionados la fusión de los glaciares, las grandes erupciones volcánicas que en el Norte y el Sur han puesto
en jaque la aeronavegación, el cambio climático global y la fusión de antiguos separatismos y fronteras artificiosas? ¿Se relaciona todo esto con la emergencia de nuevas culturas, economías y países, con el tsunami que transmuta
la geopolítica al sur del Mediterráneo,
con las burbujas que revientan la economía americana o española, con la crisis del dólar y el euro y la oscura gestación de nuevas hegemonías que no dudan en sacrificar todo atisbo de derechos humanos?
¿O será que simplemente sólo somos naves al garete a merced de corrientes sin sentido?
Si nos miráramos con la visión reduccionista que proyecta una progresiva emergencia de átomos y moléculas que se han ido encontrando al azar, podríamos pensar que no venimos de ninguna parte y no nos dirigimos a ningún lugar. Pero la experiencia cotidiana nos revela que cada cosa en la vida, como la vida misma, está llena de sentido. Miro ahora los ojos de mis nietas y me parece imposible que hayan llegado hasta nosotros desde ninguna parte y por ningún camino. Adivino en su mirada la aventura de la luz que recrea la vida en el fondo mismo de su campo neuronal. Veo mi pasado y mi futuro fundidos en este segundo de ternura y descubro más allá del pensamiento y la emoción la alquimia sagrada de un presente lleno de sentido.
Ni la razón, ni la emoción separadas, dan razón del sentimiento. Pero en la fusión de emoción y de razón surge el sentimiento,espacio-tiempo profundo e intenso, como un agujero negro en el que morimos y estamos naciendo,
instante a instante, para ser de nuevo.
Es simplemente increíble que alguien juegue a los dados con nosotros en el universo y que ninguno de nosotros tengamos nada que ver con todo esto. Buscando respuestas,
podríamos jugar al juego antiguo de los verdugos y las víctimas, para decirnos que han sido los otros, que la situación actual nada tiene que ver con nosotros, que hemos
estado allí inocentemente, a lo mejor mirándonos el ombligo.
Pero, ¿si fueran los gobernantes los responsables? Nosotros los hemos elegido. ¿Si fueran los banqueros? En sus bancos hemos depositado nuestros ahorros, nuestra confianza,
a ellos les pagamos intereses, y de ellos reclamamos los mejores intereses, sin saber que la bonanza posiblemente vendrá de la financiación de la deforestación o el tráfico de armas. A lo mejor nos podemos ahora decir que el caos se deriva de tantas injusticias cometidas por intereses oscuros.
Nada más oscuro,anónimo e invisible que nuestra indiferencia, la mayor causa de injusticia
y de violencia.
En un mundo interconectado, cuya esencia misma es la relación, no podemos esperar cambios en la economía, sin cambios en las relaciones entre individuos, culturas y países. Pero estos cambios están simultáneamente relacionados con grandes transformaciones en el campo de las ciencias. Lo que creíamos de la materia y la energía,
de la vida, del cerebro y las moléculas, se ha ido derrumbando de tal manera, que estamos asistiendo
a un nuevo renacimiento.
Partimos de una concepción de la Tierra como centro sometido al determinismo de leyes incomprensibles
e inmutables, hasta que descubrimos que la Tierra no era el centro, y humanizamos la vida para que surgiera en el siglo de las luces la fecunda relación de ciencia y arte.
Dejamos de ser el ombligo del mundo y, en la humildad
de no ser el centro, descubrimos nuestro potencial humano en un renacimiento que nos liberaría de las cadenas de una visión trascendente que niega la inmanencia del ser. Descubrimos que, más allá de la fe, existía también la magia de la razón. Continuamos nuestro periplo descubriendo, en las leyes de la evolución, que no estábamos separados de la gran cadena de la vida y miramos con gratitud las huellas de la luz en la radiactividad y la transparencia mineral y el programa de las semillas floreciendo
en nuestra propia humanidad.
Y, con todo ello, vislumbramos el ascenso del hombre desde la entropía y la gravedad a la levedad de una consciencia ascendente.
Henos aquí hoy en un vórtice crucial,
un cruce de caminos cósmicos que confluyen en la mota del polvo cósmico que es la Tierra, para convertirnos
en un agujero negro, una singularidad de la que emerge un nuevo mundo.
Estamos en el ojo del huracán. Pero podemos elegir estar en la periferia, en la que los veloces vientos
nos impedirán vivir y ver con claridad.
Todo depende de nuestra actitud. ¿Podremos mantener la solidaridad, la cohesión, la unión céntrica más allá de los intereses periféricos para permanecer en ese centro humano donde podemos vivir según una escala de valores que recree la presencia participativa
que da fuerza a la vida?
¿Podemos sostenernos en ese centro de inclusividad, donde con el fuego céntrico del amor incondicional derritamos
los intereses mezquinos y exclusivistas, para ser simplemente lo que somos: humanos, hermanos, partícipes de esa quintaesencia del alma colectiva, a la que vamos surgiendo sin tener que renunciar a lo sagrado de nuestra individualidad, nuestra unicidad?
¿Podremos, a fin de cuentas, tenernos
en cuenta y ser partícipes de una contabilidad humana en la que todos cuentan, para que entre todos generemos la verdadera economía de la abundancia: la libertad?
¿Será posible conservar la paz del centro, en medio del cambio vertiginoso de los eventos, y sentir que somos nosotros mismos los que emergemos a un nuevo nivel de la conciencia?
Somos únicos, sí, pero no podemos ser humanos si no consagramos nuestra unicidad irrepetible al concierto
de la humanidad. Que cada uno dé la nota. Que cada uno sea, como decía Gandhi, el cambio que quiere para el mundo. Que cada uno se rebele contra toda forma de dependencia para alcanzar en la interdependencia responsable la genuina expresión de una libertad con responsabilidad, esencia creadora de la nueva Tierra.
Si pudiéramos traducir el sentido de los descubrimientos de las ciencias emergentes en una metáfora cultural
correspondiente, tendríamos los mejores argumentos para cambiar nuestra conciencia. En los últimos 20 años la neurociencia y la epigenética han barrido todos nuestros viejos conceptos del ser humano que somos.
La física nos habla de múltiples universos, de la plenitud del vacío, de la no localidad, de la superposición de estados y el profundo misterio del observador que, no sólo cambia lo observado, sino que también lo puede recrear. La biología nos conduce al poema de la autopoiesis, una vida que se auto-recrea, desde patrones de información
y de conciencia que dirigen cascadas ordenadas de moléculas,
participando en un concierto de cooperatividad.
Nos inventamos la vida, el cerebro mimetiza el mundo externo y lo reconstruye adentro: el mundo que vemos se refleja y se inventa al interior.
Es ese mundo que proyectamos
en nuestro modo de consumir, de ser, de vivir. Lo que sentimos de los otros es lo que en el fondo sentimos
de nosotros. La emoción y el pensamiento integrados producen el mundo del sentir, la fuerza más poderosa para transformar nuestro modo de vivir. Ser en el mundo es un asunto de sentimientos.
¿Cómo nos sentimos? ¿Qué sentimos
acerca del otro y de nosotros? ¿Nos sentimos queridos? ¿Amamos de verdad? ¿Podemos sentir el árbol, la mirada, el hambre, la necesidad? Cuando de veras sentimos,
somos, nos removemos por dentro y, así, conmovidos, renacemos
a un mundo que ahora es también interior.
El universo, todos
los universos interpenetrados como un multiverso, se convierten en la singularidad del presente en uno mismo.
El lugar donde al ser únicos damos nuestra nota, para que la sinfonía del cosmos resuene al interior. Si más allá del conocer, sintiéramos en vivo hoy que el cerebro
se reconstruye a sí mismo, que la vida es un invento de la vida que se va renovando permanentemente, y que además del cuerpo y las moléculas vivimos en nuestra cultura, ya seríamos el cambio que el mundo necesita hoy.
Emergemos de la materia, sí, pero al mismo tiempo la fuerza del espíritu desciende y su interacción es esta corriente de conciencia que somos. Estamos naciendo en cada momento. En cada instante morimos. Entre el nacimiento y la muerte como dos orillas, la gran corriente de la vida. No tendríamos por qué temer la muerte.
No tendríamos por qué temer el renacer. Morir y renacer son las dos riberas de la vida. Y la vida es la corriente que nos conecta a la creación.
Antes y después de la vida, ni más ni menos que la vida.
JORGE CARVAJAL POSADA
lunes, 6 de abril de 2015
lunes, 24 de febrero de 2014
“La cultura del servicio”
No romper nunca, sino que desanudar los temores. Somos un campo de conciencia. Somos un imán que tienen su diferencia de potencial. Un dedo no es sólo un dedo, es un instrumento precioso para crear, sanar… Las manos emiten energía. El movimiento se expresa en todo nuestro cuerpo. Cuando impongo mis manos pongo mi corazón, pongo mi alma. Imprimo a ello una dirección correcta. Conscientes de que somos uno, hacemos parte de la humanidad. Aunque no nos digamos nada, estamos íntimamente interconectados. Formamos una red de interconexión. Sanándote me sano. Tu muerte es la mía. Tu enfermedad también es la mía. Su locura es mi locura, su hepatitis es la mía. Sanarse es conectarse a la gran corriente de salud y de vida.
Cada neurona canta. Cada una es un sistema electromagnético, todas las neuronas danzan. El dedo es un láser de la conciencia. Estamos todos sumergidos en un mismo campo de conciencia. Enfermedad como desconexión del río de la vida. Sentir la vida es sentir la humanidad. Enamorarnos de la vida es la mejor terapia. El bien morir es el bien nacer.
No sabemos lo que ocurre cuando ponemos las manos, en esa cascada de electrones. Fluye tu energía, fluye lo que está en tu corazón. Cuando te escucho con amor, mi corazón emite un campo ordenante. Sanar es ordenar desde el corazón. Tenemos un poder infinito de restaurar. “Manos” (se refiere al curso de facilitación de pautas sencillas de sanación así denominado) es una actitud, no es un curso.
Tomar conciencia de a quién, cómo dónde se aplica. Dentro de cada uno de nosotros hay un maravilloso sanador. El intermediario no es tan importante. Así tengamos mil heridas, se puede manifestar el proceso de sanación. Estamos trabajando en Chile en entornos carcelarios. Están removidos, conmovidos, anhelando el día en que van de nuevo a hacer “Manos”.
– Jorge Carvajal – Febrero 2014
martes, 31 de diciembre de 2013
Para el 2014, lo mejor de nosotros
Amanece un nuevo año , y el cielo intensamente azul anuncia otro maravilloso día de invierno. La luz que acaricia la nieve se descompone en sus siete notas y la sinfonía de reflejos y colores anuncia el milagro del sol: duermen las semillas, se enciende el fuego interior. Las largas noches de capricornio nos hablan del misterio de la tierra virgen incubando la semilla. Matriz mineral de una savia milagrosa que prepara el diseño de la luz que florecerá en la primavera. Es milagroso el invierno que nos lleva de regreso a casa para nacer de nuevo. Es milagrosa la crisis revelando en el surco de nuestras heridas y vanidades un camino de regreso a la desnudez esencial del ser.
Hijos y nietos encontraron un refugio cálido en el hogar de los abuelos, y gracias a la abundancia del contacto que nos ha regalado esta
estrechez podemos encontrarnos otra vez. En el surco de la solidaridad que labra para toda la familia esta inevitable proximidad, nos hacemos más humanos. Se enciende la hoguera del hogar y se disuelve el hielo de esta inhóspìta soledad. Ya no nos plantearemos la posibilidad de viajar tan lejos de nosotros y optamos esta vez por el viaje interno. Habíamos ido ya demasiado lejos por el camino de la ausencia y ahora que nos sentimos de regreso, como hijos pródigos experimentamos el fuego del Padre adentro.
Otra vez, el sentimiento de ser amados sin ninguna condición nos lleva a experimentar la vivencia del perdón. Inocentes de nuevo, ahora tenemos menos, compartimos más y sentimos la vivencia de la levedad y la presencia . Nos abrazamos y nos encendemos, sentimos el sentido de estar vivos, no como la vaga idea que afloró en el pensamiento. Ahora es el fuego de ser ardiendo adentro.
Tal vez vaya un poco mejor la balanza de pagos y la macroeconomía, a lo mejor paguemos menos intereses y nos sintamos un poco mejor porque estamos menos mal. Pero aunque el organismo entero decrete un estado de bienestar, si las células familiares no pueden respirar no tiene sentido pretender que lograremos un tejido social que revele bienestar. Es ahora quizás nuestra mejor oportunidad para restaurar ese bienestar que depende de la capacidad de responder por nosotros mismos, de abrazarnos y abrazar a la familia, de volver a sentir al hijo y al hermano y al amigo. No tienes sólo un trabajo, tu profesión es esa fe viva que encarnas en aquello que profesas cada día, ahora, en este invierno de la vida y la economía, con los bolsillos vacíos sea tal vez más fácil el viaje al corazón para
experimentar que lo esencial, aquello que nos hace genuinamente ricos, espera despertar en nosotros. El sol brilla para todos y la nieve pura se derrite para saciar la sed de todos todos. El aire que respiramos, el paisaje que contemplamos, las caricias posibles, los sueños, la esperanza, la magia de la amistad, el milagro de los nietos renovando la corriente de la vida, son tantas las cosas bellas y sencillas que pueden alegrarnos la vida cada día, que no tiene mucho sentido esperar a que todo afuera se mejore para darnos permiso de ser lo que ya somos. Hoy la vida espera de nosotros todo lo que traemos y lo que somos. El 2014 espera lo mejor de ti. Tú haces los instantes y las horas. Tú creas tus años, y das colorido a tus crepúsculos y auroras. Todos creamos el espacio-tiempo que habitamos y lo convertimos en el paisaje que nos hemos inventado para el viaje de la vida. Creadores tanto de catástrofes y abismos como de las
mejores proyecciones de nosotros mismos, somos escultores de la obra preciosa del carácter que nos permite ir de viaje por los caminos que hemos esculpido: henos aquí hoy, en los albores de este siglo, tejiendo la trama que servirá de soporte a nuestros hijos y los hijos de los hijos. La vida solo nos pide una cosa: que seamos dignos de nosotros mismos. Así seremos dignos del país, del tiempo y de la humanidad en que vivimos.
¡Qué traigamos al 2014 lo mejor de nosotros!
Jorge Carvajal
miércoles, 21 de agosto de 2013
Amor y crisis
Nuestro Dios es amor dicen las escrituras sagradas. ¿Amamos?
Y al prójimo como a ti mismo, reza un conocido mandamiento del amor. Nos amamos?
Utilizado el amor para justificar el odio, confundido el amor con el placer, convertido en herramienta del chantaje y el poder, vivimos hoy una crisis de sensibilidad y de sentido que nos lleva a reconocer dolorosamente cuánto hemos huido de nosotros mismos
Dolorosamente constatamos las guerras fratricidas, las mil y una guerras ganadas - inútilmente perdidas -, el hambre del hombre taladrando las entrañas de nuestra humanidad, las fronteras cerradas, las inculturas de la dominación,
Nos duele tanto la miseria como la fastuosa abundancia que lleva en vida a la muerte alma.
Nos duele tanto la llaga del separatismo como la herida de una masificación sin sentido, que ha despojado de su unicidad a cada individuo.
Duele tanto la vida vivida como una muerte sin gloria ni pena, esa muerte en que muere toda esperanza de vida eterna. .
Nos duelen tanto las dictaduras y los mesianismos, como las demagogias y democracias sin alma, que con su propuesta de dependencias e independencias han cerrado el camino de la libertad.
Nos duele sobre todo la inconsciencia que tantas veces se reviste con la apariencia de erudición o ciencia. Como si hubiéramos aprendido a nadar la vida por correspondencia, nos ahogamos, sin darnos cuenta, en las aguas peligrosas de la indiferencia.
Nos duele el hambre de los niños, la muerte de los africanos, el desgarramiento del medio oriente, las inundaciones que desnudan la insolidaridad. Duele en el alma esta ya larga ausencia del despertar.
Nos duele el aire enrarecido que respiramos, el agua contaminada que bebemos, la lluvia que nos inunda, el fuego que nos devora.
Nos duele la economía de la indiferencia, los carteles de la indiferencia, el racismo con su máscara de diferencias. Nos duele la vida en todo aquello que niega las diferencias
Hundidas en el abismo mismo de la inconsciencia, se derriban hoy las ilusorias fronteras. Duele la piel de los países y los continentes, con sus raíces desnudas, sin sus disfraces de muerte. Nos duele la tierra viva en la muerte del África, en el Sida, el hambre y la guerra. Todas esas enfermedades que siegan la vida son otros tantos nombres de la injusticia.
Nos duele a todos la tierra viva. El corazón escucha la voz antigua de la hermandad. Movidos, removidos, conmovidos, sentimos los ojos grandes y tristes del hambre, y los vientres vacíos de las madres que incuban hoy – tormenta del desamor - humanidades del hambre.
Que se agite por dentro el dolor y despierte torrentes de amor. Que no se sequen las lágrimas. Que la angustia taladre en la noche oscura, hasta el alba humana,.la entraña profunda de la hermandad. Que un nuevo amanecer revele en otros el ser nosotros, todos, humanos, hermanos, humanidad, hijos de un solo padre, gotas del mismo mar.
Que el fuego consumidor del amor, Dios en nosotros todos, reduzca a cenizas siglos de confusión. Que como chispas de una sola llama, revelemos todos el alma humana.
Jorge Carvajal
¿Tendrá sentido este dolor?
Tormentas geomagnéticas, calentamiento global, tsumnamis sociales, cataclismos económicos. “ la tierra toda gime con dolores de parto” : Estamos muriendo, naciendo, viviendo. Siendo. Si no somos todo esto, la noche perderá su belleza oscura. Si ahora también nos perdemos este dolor, estaremos condenados a sufrirlo.
¿Tendrá sentido el dolor por todo lo que nos pasa?
Más allá de sufrir el dolor, cuando el alma aprende, se enciende un fuego interior. Y en ese fuego consumidor, que sólo puede destruir aquello que no somos, emerge nuestra esencia. Somos hijos del mismo fuego de la mente universal que arde en todas las razas humanas de diferentes maneras, y germina según la calidad de la semilla de cada surco o civilización, aportando sus frutos a toda la tierra.
Nos espera la solidaridad, la alegría inocente de dar, la magia de vivir sencillamente en el paisaje de la vida, que surge con su rara belleza cuando logramos despejar las tinieblas de las fronteras artificiales que erigimos para separarnos. No sabíamos lo que hacíamos, al huir o rechazar a otros para afirmarnos, cortamos las raíces que nutrían nuestro propio nosotros.
Cuando el eterno aprendiz que en nosotros vive, aprende la lección que cada evento trae a la vida, descubre que es tan bella la noche como el día, la sombra como la luz, la tristeza como la alegría. Reconoce que una sola corriente de vida, la misma que une el sol a la tierra, va tejiendo la red sutil que une cada flor a su semilla y todas las formas a sus respectivas esencias. Aprende que constelaciones, estrellas y planetas están intangiblemente unidos a cada uno de los organismos y sus células.
Entretejidos por la misma vida que a todos habita, los reinos de la naturaleza, las especies, los géneros y las familias, van dando forma al precioso holograma de la diversidad. Somos lo que somos con cada uno de todos los demás. El cauce del ser une las dos riberas del río de la vida. Todas las playas de culturas y civilizaciones son una ribera continua en el océano de la humanidad. En ese océano de sentido, sentimos que el sentido de ser es el amor. Y es amor lo que se despierta en el canal del parto que representa este dolor. Nacemos de nuevo a lo que somos y desde el fondo del ser surgen oleadas de compasión y solidaridad. Un sentimiento de regocijo interior nos invade cuando a pesar del dolor, o tal vez por el mismo dolor que ha despertado nuestra más genuina sensibilidad, servimos y experimentamos al dar lo mejor de nosotros una sensación de unidad, que restaura al interior un sentimiento de integridad, de confianza y de paz.
El dolor tiene sentido cuando no nos resistimos a ese su llamado a despertar nuestra propia humanidad. Orando, meditando, acompañando, abrazando de todos los modos posibles, damos sentido al dolor.
Jorge Carvajal
¿Tendrá sentido el dolor por todo lo que nos pasa?
Más allá de sufrir el dolor, cuando el alma aprende, se enciende un fuego interior. Y en ese fuego consumidor, que sólo puede destruir aquello que no somos, emerge nuestra esencia. Somos hijos del mismo fuego de la mente universal que arde en todas las razas humanas de diferentes maneras, y germina según la calidad de la semilla de cada surco o civilización, aportando sus frutos a toda la tierra.
Nos espera la solidaridad, la alegría inocente de dar, la magia de vivir sencillamente en el paisaje de la vida, que surge con su rara belleza cuando logramos despejar las tinieblas de las fronteras artificiales que erigimos para separarnos. No sabíamos lo que hacíamos, al huir o rechazar a otros para afirmarnos, cortamos las raíces que nutrían nuestro propio nosotros.
Cuando el eterno aprendiz que en nosotros vive, aprende la lección que cada evento trae a la vida, descubre que es tan bella la noche como el día, la sombra como la luz, la tristeza como la alegría. Reconoce que una sola corriente de vida, la misma que une el sol a la tierra, va tejiendo la red sutil que une cada flor a su semilla y todas las formas a sus respectivas esencias. Aprende que constelaciones, estrellas y planetas están intangiblemente unidos a cada uno de los organismos y sus células.
Entretejidos por la misma vida que a todos habita, los reinos de la naturaleza, las especies, los géneros y las familias, van dando forma al precioso holograma de la diversidad. Somos lo que somos con cada uno de todos los demás. El cauce del ser une las dos riberas del río de la vida. Todas las playas de culturas y civilizaciones son una ribera continua en el océano de la humanidad. En ese océano de sentido, sentimos que el sentido de ser es el amor. Y es amor lo que se despierta en el canal del parto que representa este dolor. Nacemos de nuevo a lo que somos y desde el fondo del ser surgen oleadas de compasión y solidaridad. Un sentimiento de regocijo interior nos invade cuando a pesar del dolor, o tal vez por el mismo dolor que ha despertado nuestra más genuina sensibilidad, servimos y experimentamos al dar lo mejor de nosotros una sensación de unidad, que restaura al interior un sentimiento de integridad, de confianza y de paz.
El dolor tiene sentido cuando no nos resistimos a ese su llamado a despertar nuestra propia humanidad. Orando, meditando, acompañando, abrazando de todos los modos posibles, damos sentido al dolor.
Jorge Carvajal
jueves, 11 de abril de 2013
El camino de la FELICIDAD
Cuando nada nos queda, nos queda todo: el ser, única condición de la felicidad
Estos días conocí a un hombre que ascendió a las cumbres del poder y, en esa vorágine de las sociedades que buscan chivos expiatorios para que unos pocos paguen la corrupción de todos, fue a parar a la cárcel. Me decía que en prisión había conocido más de la libertad que en la ebriedad del poder. Se descubrió a si mismo, ya desnudo de toda condición y, en esa desnudez del ser, se encontró de veras con su familia por primera vez. Son las paradojas de la vida: aprendemos más de la vida cuando hemos estado al borde de la muerte, echamos más de menos a nuestra madre cuando se muere. Lo que realmente vale, se reconoce mejor cuando se pierde.
Pero ¿qué nos queda cuando aparentemente nada queda ? Si se ha perdido la fortuna, el reconocimiento social, el poder, la reputación y, a lo mejor, nuestro solo horizonte sea el de la prisión, ¿ qué podría ya quedar? Quedas tú, quedo yo, quedamos nosotros, el ser que somos, con aquello que realmente da sentido a la vida: la libertad interior. En la visión del padre de la logoterapia- terapia del sentido o logos- Víctor Frankl, nos queda esa dignidad de ser, que nos permite optar por la actitud con la que vivimos cada suceso de la vida. “Por sus obras los conoceréis” y las obras son actos que nacen de actitudes.
Que ganemos la lotería o perdamos la fortuna, no es tan determinante como la actitud con que lo asumimos. Lo primero, bien puede conducir a la debacle; lo segundo, puede conducir a la restauración de lo esencial en la vida. Aunque haya riqueza material se puede vivir en la cultura de la pobreza, que nace de esas actitudes que reflejan la pobreza de espíritu. Y los pobres de espíritu son los más pobres del mundo.
De mil modos nos duele la vida pero, ¿tenemos que sufrir? El sufrimiento es producido por una errónea actitud frente al dolor, cuando nos resistimos a él o lo negamos. Si no nos resistiéramos a ese dolor y aprendiéramos su lección ¿qué pasaría? Descubriríamos talvez que el dolor es algo así como un maestro que nos revela los mil y un aspectos de una sola lección : la del amor. El dolor emocional retenido nos convierte en víctimas, construimos un cuerpo de dolor en torno al cual vivimos, hacemos una coraza inexpugnable para ser invulnerables. Si aplazamos las heridas, prolongamos el dolor y lo convertimos en sufrimiento; si no vamos cada día extrayendo las espinas, estaremos condenados a que con cada paso en el camino de la vida se abran las antiguas heridas. Alguien en nosotros se recrea en el dolor, como si su único poder fuera el de sufrir y llamar la atención como una víctima. Perdemos la dignidad cuando mendigamos esa migaja de amor que es la lástima. Los que poco o casi nada tienen se tienen a sí mismos, se disfrutan, gozan de las pequeñas cosas, y comparten lo que tienen en abundancia: la vida. ¿Y si el propósito de la vida fuera la felicidad y rescatáramos, ahora plenos de conciencia, la inocencia que nos da la paz de y la alegría ser sencillos? En el lecho de la muerte la gente parece que se arrepiente más de lo que dejó de hacer que de aquellas cosas que hizo. Supongamos que, como irremisiblemente va a suceder un día, mañana fuera el día de la despedida defintiva de este plano de la conciencia. ¿Qué haríamos ? Quizás perdonar y pedir perdón, abrazar, aconsejar. A lo mejor, pagar y resolver todas esas cosas pendientes, que agravan el peso de la vida como el de la muerte. ¿Qué esperamos?
Supongamos que podemos vivir cada día con la fuerza primitiva del primer día, con la trascendencia del último día y con la alegría incondicional de lo que es único e irrepetible. Es cierto. Cada día nacemos y morimos y, entre esas dos riberas, vivimos. Podríamos al menos optar por ser felices, a pesar de la tristeza y el dolor. En el ser, ese lugar de la conciencia en el que nada se puede perder, somos felices .
Jorge Carvajal
martes, 26 de marzo de 2013
El poder de PODER
Querer es poder, si, pero ¿si no queremos lo que ya tenemos cómo pretendemos tener cuanto queremos?
La talla de la madera había sido el hobby de Juan Manuel y la laboraba con la misma tenacidad y paciencia con la que había esculpido sus empresas y su vida. El auto-transplante de medula controló temporalmente las metástasis óseas, y pudo de nuevo sonreír, dormir, soñar. Había rescatado el infinito poder de poder y, con una sonrisa amplia, me respondió a la pregunta que una vez le hiciera sobre las lecciones aprendidas, que el mayor aprendizaje en su proceso de enfermedad fue descubrir el milagro que es poder voltearse cada noche en la cama sin experimentar un terrible sufrimiento.
Moverse sin sufrimiento había sido para él una lección mayor que la de los grandes desafíos. Maltrecho aún por los efectos de su enfermedad, pudo crear e inaugurar nuevas empresas, para saber - en vivo y en directo- que la empresa mayor es la de la vida. Muchas veces pensé que su dolor, más que óseo, era ese dolor de humanidad, que advertía en sus ojos cuando soñaba aliviarse para generar nuevas fuentes de trabajo. Le dolían las familias sin oportunidades para llevar una vida digna, le dolía la violencia, la injusticia, la adicción. Pero su dolor no se quedaba en un lamento, era esa fuente del movimiento solidario que lo llevó a consagrar toda su vida a impulsar, desde sus empresas, la gran empresa de la vida.
Aprendí de Juan Manuel que el poder económico no es la más importante fuente de poder. En su lecho de enfermo me enseñó lo que sólo se puede enseñar desde la vida: Que pensar, sentir y hacer desde la integridad del ser son la esencia del poder. Aprendí que se puede disfrutar tanto de ejercer los derechos como de cumplir con el deber y que tolerar, respetar, acompañar, amar, generan un poder interior que es liberador. Aprendí de su proceso de muerte que el derecho de morir con dignidad es tan importante como el derecho a la vida y que habitar en el cuerpo no puede ser menos especial que liberarse de él, pues, a fin de cuentas, nacimiento y muerte son tan sólo dos riberas en la gran corriente de la vida.
El pensamiento es esa matriz de la que van naciendo sueños, acciones y palabras.
Hay un poder que viene de la capacidad de soñarse, un poder que da el ser capaz de transformarse. El poder de vivir la realidad que da al ser humano el potencial de realizarse.
Cuánto tenemos? Cuánto valemos? Cuánto somos? Tenemos cualidades que valen más que todas las cantidades porque, aunque no produzcan dividendos, dan sentido a la vida.
Nos dan poder real las posesiones? ¿Hemos tomado posesión de lo que llamamos nuestras posesiones? O las poseemos, o nos poseen. La renuncia al pasado da vida al presente. La plenitud sólo puede surgir de la capacidad de hacer el vacío.
El poder del poder subyace en el poder de ser. El poder de tener lo da el tenerse. El poder mayor del ser humano, es su capacidad de responder. La vida nos dio poder para corresponderle. Sólo nos corresponde sanamente aquel poder por el que de verdad podemos responder.
Son vanos los poderes que da el poder de poseer sin poseerse, el poder de retener sin contenerse, el poder de conocer sin conocerse. No conducen a la realización el poder de los sentidos sin sentirse, el poder de hablar sin escucharse, ni el poder de la sexualidad sin amor. El poder del poder vive en el ser.
Las posesiones que nos poseen sólo pueden ser prisiones. Si el ser está de veras en lo que tiene, se libera. Si la esencia del hacer es el mismo ser, en cada acción la vida se recrea.
Juan Manuel no luchó a muerte contra la muerte, pues vivió su propia muerte con esa misma integridad de quien sabe que el de empresario o de gerente es sólo un rol pasajero en la empresa permanente de la vida.
Jorge Carvajal
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